Quisiera contar tantas cosas que me han pasado desde que me quedé sin Internet. Podría empezar por cómo la medianoche del año nuevo me sorprendió en un metro de la línea verde del sistema, sola, con loco incluido, pues, como bien saben los que viven o han pasado por Montreal, esa línea es la que pasa por el Centro y siempre hay un loco en alguno de los vagones.
Para contar una larga historia de forma corta, ese 31 de diciembre estaba por primera vez manejando en esta ciudad. Cogí la van del jefe de un amigo para trastear mis cosas a mi nueva vivienda (ya no puedo hablar de hogar cuando me mudo cada dos meses), entre ellas un closet hechizo que compré por 10 dólares y un sofacama + colchón por 80 dólares. Al no conocer Montreal, bienvenido sea “Maps” del celular… claro, me perdí. La gente que me conoce sabe que, por un lado, no puedo leer un mapa y, por el otro, si no voy a mi destino siempre por la misma ruta, simplemente no llego. Me perdí por allá por las autopistas, a -10 grados, a eso de las 7 de la noche. Y se apagó el carro.
Sí, señoras y señores, se apagó el carro en el medio de la nada. Tocó caminar un buen tramo, con un frío nada normal para una costeña, para buscar gasolina. Pues no, no era falta de gasolina. Tampoco era la batería. Así que para no alargar el cuento, dejé el carro tirado con todas mis cosas empacadas y regresé por ellas tres días después.

Mi presencia junto al galón de gasolina que compramos para poner en marcha la van. No era la gasolina. Perdí el tiempo y 20 dólares.
Me fui corriendo a cambiar para llegar a la fiesta de año nuevo. No sirvió de nada. Terminé llegando a eso de la 1 de la mañana, luego de pasar los famosos “pitos” con un loco en in vagón del metro del Centro. Bailé y no bebí. A las 6, ya cansada, cogí metro de regreso a mi casa. Al menos ya no había locos, sino parejas cansadas.
Otra cosa para relatar es el genio perverso de algunos nativos de esta ciudad. Un día, de diciembre también, iba sentada un poco “patas abiertas” (bien femenina, como siempre) en las últimas sillas del bus, y un gordo vino a sentarse al lado mío, habiendo más de 10 asientos vacíos en todo el vehículo. ¡Por eso me siento atrás! ¡Para que nadie me joda! Pues nada, yo de repelente no me enderecé de inmediato y él, con sus prominentes carnes, casi no se pudo acomodar. Y desde el momento en que sus grandes nalgas cayeron al asiento y durante casi 5 minutos se dedicó a insultarme en su horrible francés, viéndome de lado, con cara de odio al inmigrante. Me daba risa, pero no voy a negar que cuando todo pasó me sentí un poco mal. Mal por ser maltratada pero, sobre todo, mal por no poder responder a sus improperios.
Y siguiendo con los malos tratos, hace unos pocos días me puse a buscar apartamento un poco más cerca del colegio donde estudio francés, pues en estos momentos vivo a una hora y a dos trasbordos de la escuela. Como no hablo el idioma aún bien, se me ocurrió la adolescente idea (por aquello de que ellos prefieren textear que hablar) de mandar un mensaje que, literalmente decía:
“Bonjour! I saw the ad in the newspaper. Can I see the apartments today after 4 pm? Thank you”.
Traducción: “Buenos días. Vi el anuncio en el periódico. ¿Puedo ver los apartamentos hoy después de las 4 pm? Gracias”.
No habían pasado 5 minutos cuando el tipo me llamó. La conversación fue algo como:
- Aló.
- ¿Dejaste un mensaje en mi celular? –en inglés.
- Sí, quería saber si puedo ir a ver los apartamentos hoy después de las 4 de la tarde –seguí en inglés.
- ¿Por qué? –le costaba hablar en inglés.
- Porque estoy estudiando hasta las 4, por eso no puedo ir antes. Pero si desea voy otro día.
- No… no. ¿Por qué dejas un mensaje así en mi celular? –me dijo en el mismo idioma, para luego cambiar al francés y preguntarme: -¿hablas francés?
- Un poco –le respondí en su lengua.
- No se dejan ese tipo de mensajes en un celular. No venga ni hoy ni nunca a mi casa –pip, pip, pip.
Colgó antes de que yo pudiera reaccionar. ¿Qué hice mal? De nuevo, me sentí maltratada. Pero luego se me pasó cuando, en clase, mi compañero proveniente de Rumania que se llama David, le preguntó a la profesora suplente, una cincuentona de dientes horribles, si era de esas docentes pensionadas a lo que la tipa, con los ojos dirigidos hacia el techo y con las cejas arqueadas, le dijo que no, que era profesora, que si estaba dando clases era porque, en efecto, era profesora. Y la señora duró, cerca de 30 segundos, viendo a los demás estudiantes, menos a él, con cara de “este estudiante tan estúpido”, moviendo los ojos de un lado a otro de manera más que engreída. Le dije a David que seguramente ella era la esposa del tipo que, por decirlo de forma decente, me había mandado a comer mierda por mandarle un mensaje de texto.
Dirán que me enfoco en las malas cosas, en lo negativo. Puede que sea cierto. Pero contarles las experiencias buenas no sería tan divertido. Tienen que admitir que lejos de sentir pesar o consideración hacia mí, lo que hacen es burlarse. Y esa es mi intención. Que se diviertan un rato.
Así que continúo: la nieve. Ahhhh, la nieve. Sí, muy linda cuando todo está blanquito, cuando está bien conservada a 10 grados bajo cero, cuando aún no ha sido pisada y repisada por botas malhumoradas. Pueden ser lindas imágenes de la nieve en la entrada Se cumplen dos meses.
Pero esa nieve, cuando al caer se mezcla con la sal que hecha el gobierno para que se derrita rápido, o cuando se empieza a derretir al natural porque este invierno loco nos ha tenido con lluvias y temperaturas por encima de los 0 grados, se vuelve un barrial. Ahí deja de ser lindo. Es una gran porquería.
Y encima, los carros no responden bien al comando de frenar y se patinan. Y te chocas. Te chocas así seas el conductor más responsable que haya existido en tierras tropicales.

Estos se insultaban con loca pasión. No hay que saber francés para entender el lenguaje corporal de la rabia. Eso sí, debo decir que la gente acá maneja muy, pero muy mal. Y el examen de conducción es supremamente caro y te lo hacen perder para que sigas pagando. Si quieren sacar licencia en Montreal, es mejor en Laval o en Longueil. Les contaré cuando me toque el turno a mí.
En fin, necesita escribir así fuera el desahogo invernal post fiestas navideñas. Para terminar, puedo contarles que la vida se me pasa en un aula de clase. Estudio francés de 8:30 de la mañana a 4:00 de la tarde. Ya voy entendiendo más, ya no me siento tan perdida. Pero bueno, ¿qué tanto francés se puede necesitar para entender cuando la cajera te pregunta si quieres una bolsa o si tienes la tarjeta de puntos? Diré que sé francés cuando algún imbécil, en vivo o por teléfono, me insulte y yo pueda responderle a mi manera, a lo Duperret.












































