Me gusta hablar con mi ciudad

Publicado: 9 septiembre 2011 en Imágenes, Letras
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Puesto itinerante de pinturas del vendedor Reiner Correa, en el Centro de La Heroica

Si hay algo que yo disfruto es hablar con la ciudad. Y con eso no me refiero a que me pongo a dialogar con el Castillo de San Felipe o con las estatuas de Simón Bolívar, sino que me gusta sentarme a charlar con la gente que trabaja en las calles de mi ciudad. Y ahí entro en conflicto porque, como siempre lo he manifestado, soy cartagenera, pero nací en Barranquilla.

Tengo esa costumbre desde que estaba en bachillerato. Cuando caminaba por el Centro, camino a Paco’s (que es de un amigo y pasaba allá metida), me ponía a hablar con los que hacían artesanías; me gustaba que me contaran quiénes les compraban más, si los turistas o los locales, que me dijeran de dónde eran y por qué se habían quedado en Cartagena.

En la universidad hacía lo mismo. En ese entonces me tocaba tener más cuidado porque uno se pone a hablar con los hippies o vendedores ambulantes y creen que uno es el postre del almuerzo o algo así, y empiezan a preguntarle a uno dónde vive, el teléfono y si tenía planes en las noches. Entonces, cuando estaba mal vestida y parecía un niño, era que me acercaba a hablar con ellos. Era la época de las manillitas (todavía no eran tricolores, como las de ahora que expresan un patriotismo falso y exagerado) y de los “fimos” (unos dijes fabricados en una especie de resina/caucho/notengoidea que colgaban de un cordón negro en el cuello), y donde más los vendían era en el Sao de la 93. Entonces me acercaba a uno de ellos y les preguntaba lo mismo, de dónde eran, cuánto vendían al día, etc. Terminaba sentada en el piso con ellos con el capri remangado, hasta que mis amigas de la universidad me gritaban que nos fuéramos. Recuerdo una vez que Prince me dijo: “eso es lo que quieres ser tú cuando te gradúes, hippy vendedora de collares”. Y fue como una premonición porque hubo una época que viví de vender bisutería.

Cuando vengo de vacaciones a Cartagena, a broncearme en la playa, sigo haciendo lo mismo. Como voy prácticamente todos los días porque si no la piel amarilla que tengo no se colorea, termino haciéndome amiga del que vende la concha de nácar, las gafas, las frutas, etc. Con las que no me llevo bien son con las que hacen masajes porque vienen arbitrariamente a tocarme y le tengo fobia a que me manoseen manos desconocidas con sustancias verdes y mentoladas, igual de desconocidas. Entre esas varias conversaciones, recuerdo un señor que vendía concha de nácar, un viejito, que al decirle que era cartagenera me pidió disculpas, y le dije “tranquilo, llave, tú no sabes la cantidad de gente que no cree que soy de aquí”. Y el se echó a reír mientras me decía adiós con la mano.

También viene a mi ingrata memoria una joven que vendía frutas. La primera vez que la vi fue un martes en abril (que no es temporada baja, sino muerta) y ella fue la que inició la conversación preguntándome que de dónde era, que por qué era tan blanca y con el pelo de ese color (naranja, obviamente pintado), que cuántos años tenía y por qué a esa edad no tenía hijos. Le pregunté cuántos años tenía, me dijo que 22 y que ya contaba con 3 hijos en su haber. Casi se me salen los ojos de las órbitas y como ella me había dado confianza, le dije que se desconectara, que me imaginaba que esos 3 pelaos no eran del mismo padre; y tenía razón, eran de dos hombres distintos. Me dijo que sí se iba a desconectar, que no quería más hijos, que “el barro estaba duro”. Y le dije “claro, cómo no va a estar duro, vives de vender frutas y tienes 3 niños que mantener porque supongo que los padres no sirven para un carajo”; ella asintió con una risa nostálgica, dejando ver sus resplandecientes dientes blancos. A ella me la encontré varias veces en esas vacaciones, hablábamos un rato sin culpas, pues era temporada baja y perder el tiempo hablando conmigo no implicaba menores ventas.

Hace unos días estaba en el Centro con una sed increíble; me senté a fumarme un cigarro en el andén de la Iglesia Santa Catalina de Alejandría (así la llamó un guía turístico mientras yo estaba ahí descansando, no vayan a creer que me sé los nombres de las iglesias) y pasó un señor vendiendo agua. Compré una bolsita y, mientras me la tomaba, vi que un tipo al lado mío tenía su banquito y estaba ahí sentado cogiendo sombra de las grandes paredes de la iglesia. Era Reiner Correa, un man cuarentón que vive de vender cuadros, que él no pinta, de las gordas de Botero y de la ciudad. Le pregunté si podía cruzar la calle (porque donde él pone las pinturas hace un sol inhumano; por eso él se sienta al frente) a ver los cuadros y tomarles una foto, me dijo que sí.

Reiner pone las pinturas al lado de la calle donde hay sol, para que se vean más. Él se sienta al frente, pues él no quiere quemarse más.

-¿Quiénes te compran más, los turistas o la gente de acá?
-Siempre los turistas.
-¿Cuáles son los cuadros más baratos que tienes?
-Los pequeños, que parecen una postal.
-¿En cuánto te salen? Yo soy de aquí, no creas que te voy a dañar el negocio, sino que me gusta escribir sobre mi ciudad.
-A 12 mil barras.
-Bueno, ¿y en cuánto los vendes?
-Entre 25 y 35 mil.
-Anda, pensé que eran más baratos por el tamaño.
-Nombe, si el pintor se demora pintándolos lo mismo o más que los grandes, por el detalle.

Se levantó y fue a limpiar los cuadros. En mi ignorancia le pregunté:
-Ajá, ¿y con qué los limpias? ¿con agua? ¿no se dañan?
-Eso es óleo, no les pasa nada y ahí en la calle se empolvan mucho.
-¿Te puedo preguntar más vainas? Es que me gusta escribir…
-Nombe, no hay problema.
-Gracias. Entonces cuéntame, ¿cómo son las ventas? ¿Cuánto puedes vender en un día?
-Uy, finales de agosto fue duro… hubo días que no vendí “na’ de na'”. Ayer vendí uno solo, por ejemplo, pero hay días en que se venden 10, 20, en temporada alta.
-¿Cuáles vendes más? ¿Las gorditas de Botero, los bodegones, las pinturas de la ciudad?
-Los de la ciudad… pero los Botero se venden bien, también.
-¿A qué horas llegas aquí?
-A las 8 y 30 de la mañana y en diciembre me quedo hasta las 11 de la noche. En estos días me voy a eso de las 7.
-Y los cuadros grandes, ¿en cuánto te salen y a cuánto los vendes?
-Me salen en unos 50 mil pesos y empiezo diciendo que son a 120, para que puedan negociarme y yo no perder. Lo mínimo en que puedo venderlos es a 80 mil barras.
-¿Vives lejos?
-No, por la Plaza de Toros.
-Y a tus pintores, ¿les compras todos los cuadros de una vez?
-Sí, eso de tenerlos en consignación no aguanta. En cambio, como los compro, yo veo en qué y cómo me gasto mi plata.
-¿Cómo haces para almorzar?
-Tengo un amigo y nos turnamos. Él trabaja de guía.
-¿Entonces te trae sus turistas a que te compren?
-Claaaaaroooo…

En eso pasa el guía y lo saluda:
-Epa, maestro.
-¿Todo bien?-lo saluda Reiner de vuelta.
-Todo bacano-responde el guía.

Reiner se levanta a vender; mi mamá me llama al celular y me dice que me vaya a la Cámara de Comercio, que ya se desocupó y que es hora de irnos a la casa. Me levanto, tomo la última foto y le digo a Reiner que muchas gracias por responder mis preguntas.

Reiner haciendo su venta antes de irme.

Termina de vender su pintura y se acerca y me pregunta:
-¿Qué se estudia para eso de escribir?
-Ah, eso no es de estudiar. Yo estudié comunicación y periodismo, pero no me considero ni comunicadora ni periodista… simplemente escribo desde que tengo 9 años. Me gusta. Hay veces que NECESITO escribir.
-De eso no se gana mucho, ¿cierto?
-En mi caso, ni pa’ la bolsita de agua que me acabo de tomar.

Nos reímos los dos, nos dimos la mano y cada quien siguió con su rutina.

comentarios
  1. Tatiana dice:

    Yo todavía sigo escribiendo gratis y para mí misma…

  2. Prince dice:

    Carajo dup tu te acuerdas de unas vainas…me gusta leerte, me transporta a otras épocas. Como dice La Grisales: “Me erizo”.
    A mi ultimamente me toca escribir de la relacion de la administracion con las ciencias y la verdad, me recuerdan tanto a esas clases de Linero y Navarro q tanto disfrutabamos. Ahora a mis 28 parece que loss leyera con transitions…todo se ve mas claro y mas coherente.
    Cuidate mucho, peguese la rodadita por killa. Besitos.

    P.

    • duperret dice:

      Torres, ¿te acuerdas cuando Linero en clase dijo “el único autor que me he estado leyendo últimamente se llama Laura Duperret”? Jajajaja, fue de los días más bacanos de la universidad. Para viejas como nosotras, leer y escribir siempre estará en nuestras agendas. Es parte de nuestra esencia. Gracias por leerme y comentarme. Un abrazote a ti y a tu gente amada, incluyendo al cuchi.

  3. Adry p. dice:

    ayyy ami me he reido…no por lo que leo sino por el análisis que hago…tu buscas a los que venden pinturas, artesanias y yo que le hablo ¨al amigo¨ que vende raspao, pan san martin, tinto o si el paseo es larguito al ¨amigo¨del taxi jajajajaja… cada una con los de su interés pero de igual forma los disfrutamos…
    ya casi llegas!😀

    • duperret dice:

      Ay, amiga, como siempre, la idea es sacar así sea una sonrisita… Y yo hago lo mismo que tú, trato de “llave” a todo el mundo, al del parqueadero, al de Maxi’s, jajajajaja. Así somos felices. Ya casi llego😄

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