Sobre el TLC con Estados Unidos – opinión de una joven experta

Publicado: 16 octubre 2011 en Letras
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Cuando fui periodista en un diario económico aprendí a amar el dinero; ah, no, aprendí a amar la economía, que no es lo mismo. De hecho, las primeras entradas en el blog eran sobre ese tema, pues estaba inmersa en él.

Han pasado dos años desde que renuncié, pues la que era mi editora era un verdadero “pain in the ass”. De hecho, la hicieron renunciar porque, a pesar de ser una periodista con mucho talento para escribir sobre economía de manera profunda, pero amigable, su manera de ser y el acoso laboral que ejercía sobre sus subalternos era inaguantable y afectaba el ambiente laboral de la redacción.

En fin, ese no es el tema.  El hecho es que, desde que renuncié, cada día leo menos las noticias económicas. Pero el cuento del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos siempre me llamó la atención y, como estoy desligada y no quiero sonar atrevida, le pedí a Luisa Gómez, periodista de economía y negocios de El Tiempo, que me diera su opinión para publicarla aquí. Es la siguiente:

Suscribir un tratado de libre comercio con otro país, grande o pequeño, no es de por sí algo bueno o malo. De hecho, entre tener TLC o no tenerlos, la mejor opción siempre es la primera. Sólo para mirarlo desde el punto de vista del comercio, mientras que las empresas colombianas quieren vender sus productos en otros países, hay compañías chilenas, peruanas, mexicanas, brasileñas, y de cualquier nacionalidad del mundo que tienen ese mismo interés y que están sacando toda su artillería para ganar clientes. Y un elemento que en los últimos años es fundamental dentro de ese arsenal son los TLC, porque en muchos casos te permite tener acceso preferencial al país con el cual lo negociaste. Ese ‘acceso preferencial’ se traduce en el no pago de aranceles o que estos impuestos sean mucho más bajos que los que aplican para otros países, pero también es que los empresarios del país contraparte van a preferir hacer negocios con quienes pertenecen a países con quienes se negociaron TLC, pues también dan claridad en las reglas de juego. Y aterrizando eso a la realidad, México, Chile, varios países de Centroamérica e incluso Perú, tienen desde hace algunos años su respectivo acuerdo con EE. UU., así que nosotros nos estábamos quedando del tren.

Dicho esto, creo que el asunto más importante de todo es qué preparado está el país para poder aprovechar las ventajas que trae el libre comercio y hacer frente a los riesgos que trae. Por ejemplo, durante los casi dos años que duraron las negociaciones con Estados Unidos, las principales críticas decían que la agricultura colombiana se iba a acabar o que nos inundaríamos de productos estadounidenses usados. Algunos de los temores relacionados con el agro y la industria colombiana fueron eliminándose en el proceso, pero hay otros que son ahora riesgos reales.

Creo que el tema más grave es el de la agricultura. Para EE.UU. se trata de un sector prioritario en su desarrollo, pero para Colombia nunca lo ha sido. ¿Cómo los colombianos pretenden competir con los estadounidenses si la producción es artesanal en la mayoría de los casos, no hay eficiencia de ningún tipo ni uso de la tecnología, tampoco hay millonarios subsidios y ni siquiera vías para poder sacar los productos de la finca a los centros de acopio? Un ministro colombiano me contaba una historia muy diciente: Unos productores de fresas se estaban quejando ante el gobierno porque cuando sacaban la fruta y la llevaban a las ciudades a venderla, perdían un montón de plata. La razón estaba en que al transitar por las carreteras destapadas, los sacudones dañaban buena parte de las fresas y no las podían vender así.

En la industria, hay de todo. No se puede desconocer que empresas colombianas de textiles, confecciones, papeles y otras actividades, han ganado terreno a pulso en el mercado estadounidense y que el TLC es un nuevo impulso que podría facilitarles más las cosas. Pero, desafortunadamente, los casos no son muchos. Al igual que pasa en el agro, la falta de vías es un problema grave. Las demoras para llevar la mercancía a los puertos son un costo grande para las empresas en materia de transporte y eso de alguna manera se traslada al precio final del producto. ¿Cómo un saco paisa que tiene sobrecostos por el transporte va a competir con uno limeño o uno de Santiago de Chile, si los peruanos y chilenos tienen salidas más fácil a los puertos y su transporte se demora menos? ¿Cómo ese mismo saco va a competir en EE. UU. con el saco chino, que se produce en grandes volúmenes y que por eso es más barato?

Pero en las fábricas, de puertas hacia dentro, también hay limitaciones. Se necesita invertir mucho más en maquinaria y tecnología para ser más eficientes y poder producir más volúmenes con menores costos. Ojo, no estamos hablando de recortar empleos, sino de hacer un mejor uso del capital de trabajo de las empresas, de tener gente que investigue e innove, para crear más productos y con valor agregado. Este tema se puede ver desde la otra perspectiva del acuerdo. Volviendo al ejemplo anterior, el saco paisa que se vende en Colombia, seguramente va a tener que competir con el saco gringo, que también se produce en grandes cantidades y con costos mucho más bajos y con diseños diferentes.

De ahí se desprende otra desventaja, y es que no tenemos muchas opciones. La industria colombiana no es lo suficiente diversa como para que el país tenga un buen abanico de opciones que presentar ante los gringos. Por un lado, lo que más nos compran los estadounidenses es lo que nos da la tierra: petróleo, carbón, flores, café y banano. Pero de productos con algún nivel de procesamiento hay más bien poco. El Gobierno está trabajando en eso, con un programa de Transformación Productiva, que no es otra cosa que desarrollar nuevos sectores, pero también producir más y mejor de lo mismo. La idea es muy buena, pero su alcance es limitado: actualmente trabajan con 12 sectores (cuatro del agro, cuatro industriales que ya exportan y cuatro totalmente nuevos, que incluye servicios).

En conclusión, el país tuvo casi una década para prepararse y muchos sectores de la economía simplemente se durmieron en los laureles y no lo hicieron. Desde el 2003 se mencionó la posibilidad de negociar el acuerdo, el proceso empezó en el 2004, el tratado se firmó en el 2006, Colombia lo ratificó entre 2007 y 2008, Estados Unidos hizo lo propio este año y, en el mejor de los casos, el acuerdo entrará en vigor a finales del 2012.

Luisita, muchas gracias; ella ama la economía y no tiene ni 28 años. En sus propias palabras:
“El día en que entendí que los números eran más que las matemáticas, y que podían combinarse con cualquier cosa, supe que esa iba a ser mi área en el periodismo escrito. Sabía que ese era mi lugar en el mundo, porque a diferencia del promedio, no quería ser periodista de farándula, ni de cultura, ni de deportes, ni de judiciales o política. Por ser periodista económica, no soy aburrida, al contrario, todo me hace reír. Me interesa el cuánto y soy extremadamente racional, pero no soy calculadora. Soy organizada, pero no cuadriculada.
La gran ventaja de este campo es que te permite entender cómo funcionan otras áreas. Pero lo que más me gusta, no es sólo aprender, sino que con lo que escriba, los demás entiendan un poquito. Por todo eso, los dos cartones que tengo (Comunicadora Social – Periodista y Especialista en Economía) no fueron casualidad ni lo que me tocó. Yo los busqué y los encontré :) “

comentarios
  1. Me encanta! soy estudiante de economía de 3er semestre y debo hacer una exposición sobre los beneficios y perjuicios reales del TLC y esto es de gran ayuda para mi…muchas gracias!

  2. Viviana dice:

    Comparto los puntos de vista de la Doctora Luis Gómez, excelentes y muy enriquecedores, tanto para mi carrera de Administración de Empresas como cocimientos generales y como colombiana los comparto… Gracias!!! zandrachana@gmail.com

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