¿Cumbre de las Américas o Cumbre de Macondo?

Publicado: 12 abril 2012 en Letras
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Antes de que me acribillen, cuando digo “tod@s” o “nosotr@s” refiriéndome a costeñ@s, obviamente no hablo de su entera totalidad, sino de la gran mayoría que conozco… incluyéndome.

Una de mis frases favoritas para burlarme de todas las cosas pintorescas que veo a mi alrededor es “las vainas de mi pueblo”. Soy costeña, amo ser costeña, pero soy consciente de que, en particular, nosotr@s tenemos una forma bien “interesante” de expresarnos.

Nosotr@s no sufrimos de pena y no tenemos pelos en la lengua. Por ejemplo, mi hermana con dos cervezas encima le dijo a mi abogado:

“Vales mondá, no sabes escribir bien. Puedes ser muy abogado pero tu redacción es pésima. Deberías enviarme borrador de tus documentos y te los corrijo”.

Bueno, es una estudiante de comunicación social -énfasis en edición- bien segura de sí misma.

Otro ejemplo, en la universidad, una compañera llegó tarde a clase y en vez de tocar o pedir permiso, entró, hizo bulla y saludó al profesor con un delicioso y espontáneo:

“Quiubo, ¿qué más?”

Casos más famosos, la popular “barriga e’ trapo” que a punta de telas se armó una súper barriga de, supuestamente, 9 niños. O el conocido Reinado del Burro.

Cosas como las anteriores son “las vainas de mi pueblo”.

Y hablando de burros, bueno, me imagino que ya vieron la noticia que en Turbaco, pueblo de Bolívar, un ex alcalde hizo una comparsa con nosécuántos burros para pedir que el presidente de Estados Unidos lo meta en su agenda durante la Cumbre de las Américas y lo visite, pues no solo afirma que él también hizo unas elecciones simbólicas donde Obama quedó elegido con 1.000 votos, sino que arregló su vivienda como la Casa Blanca. La cosa no para ahí: el tipo quiere regalarle un burro al primer mandatario estadounidense, que se llama Demo, en alusión al partido gobernante.

Sin comentarios. Puede que esté equivocada, pero creo que la idea de regalarle un burro a Obama solo sale de un costeño. Y me parece magníficamente autóctono y gracioso. Lo celebro.

Pero más allá de lo gracioso, aprovecho el suceso para escribir sobre otras situaciones que me causan algo de malestar. Yo no tengo ningún problema con que limpien a mi amada Cartagena porque vienen 33 presidentes. Me parece que es simple educación “arreglar la casa cuando viene visita”. Sin embargo, han pintado hasta las piedras cercanas a las playas del aeropuerto. ¡Carajo! ¿En qué parte del mundo las piedras son blancas?

Limpian y pintan cada calle donde las caravanas de los  presidentes van a pasar. O sea, si hay algún choque y hay que desviarse, no podrían porque verían la verdadera ciudad. Siendo realistas, no habrá accidentes, porque, prácticamente, desde que llegan los mandatarios, hay una “especie de toque de queda”. Nadie puede rondar por los sitios donde se llevará a cabo la Cumbre de las Américas.

El eterno tema: la escondida del sinnúmero de habitantes de la calle que hay en La Heroica. ¿Dónde los meten? ¿Por qué esconder nuestra realidad de esa manera?

Heidi, una amiga de mi mamá que vive por Getsemaní (donde pasarán las caravanas de los presidentes), le comentó que unos funcionarios de la alcaldía habían ido a su casa a decirle que pintara la fachada. ¿Ah? ¿Cómo así? ¿Heidi debe comprar la pintura y buscar un pintor? ¿O buscar un andamio y encaramarse ella misma para seguir las órdenes del Gobierno? Ella, bien costeña les dijo:

“La verdad es que yo no la he pintado porque no es momento de pintarla. Pero si quieres, dale, píntala, te doy permiso”. Faltó que su hijo, que andaba por ahí, hubiera puesto la conocida “Píntameeeeeeeee” de Elvis Crespo.

Sé que la seguridad es importante, pero hay retenes cada dos cuadras y, según Leonard Beeson que estudió conmigo en el colegio y vive en el sector amurallado, el portero de tu edificio puede pedirte la cédula las tres veces que entres a tu casa durante el día. ¿Es necesario?

No sé si es un término colombiano o costeño, pero también escondieron a los “tuchines”, esos que nos venden los tinticos y las aromáticas bien baraticas. Les dijeron que no podían estar por ahí trabajando por la Cumbre de las Américas. Si el Gobierno les impide trabajar, ¿no deberían entregarle los 60 o 70 mil pesos que se hacen diarios? ¿O es que ellos no tienen derecho a comer?

Un evento de tanta envergadura debería beneficiar a los cartageneros. Pues no. Hay muchos establecimientos comerciales que tendrán que estar cerrados, por ejemplo, restaurantes cercanos a los sitios de la Cumbre. De nuevo, el Gobierno debería darles el promedio de lo que producen en un día.

Sin embargo, los de siempre sí se lucran. Las placas que usarán los de seguridad de toda la cumbre cuestan 3 millones de pesos cada una, y se habla de más de 15.000 policías e infantes de marina solo de Colombia. Ahora, sumen el número de personas de seguridad de 32 países más. ¿Quién las habrá hecho? No creo que un cartagenero.

La Cancillería mandó a hacer 1.500 guayaberas de las más finas para regalar… ¿a quiénes? Si son 33 presidentes, estamos hablando de que cada comitiva se lleva mas o menos 50 guayaberas. ¿Quién las habrá hecho? Quizás, solo quizás, un cartagenero.

Los carros de la Cumbre serán todos 0 kilómetros de una sola marca y cobrarán cerca de 700 mil pesos por día. Luego, seguramente, les ponen el kilometraje en 0 y los venden como nuevecitos. ¿Quién se estará llevando la tajada? No creo que un cartagenero.

En fin, quisiera saber más cosas pero desde lo lejos me queda un poco complicado. Me gusta saber que Colombia y Cartagena fueron elegidas para un evento tan importante, y de verdad espero que traiga consecuencias positivas, al menos, en términos turísticos, pero es duro para mí ver estas realidades escondidas, como el color de las piedras, como los gamines, como el color de las casas.

Es duro también darse cuenta cuánto están gastando en la Cumbre… sé que es necesario, pero es toda una ironía que en una cumbre de empresarios, donde se ve el gasto -despilfarro en algunos casos- de tanto dinero, miles de personas, de niños, se mueran de hambre en la misma ciudad anfitriona.

Si saben más de estas incoherencias, ironías o “vainas de mi pueblo”, dignas de Macondo cuéntenlas.

Gracias a mi mamá me enteré del 80 por ciento de anécdotas que conté en esta entrada.

La analogía con Macondo es cultural y aprendida, pues no me he leído 100 años de soledad.

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