Barcelona, la Cartagena de mis sueños – Vacaciones 2017 Parte I


*Primera entrega de las historias durante mi viaje a España y Grecia en agosto de 2017.

Pasando por la pensión coral… me acordé que mientras estudié en Uninorte se me pegaron muchas palabritas killeras, pero hubo dos que voluntariamente no quise incluir en mi vocabulario: coral y barro.

El día que cumplí 35 años estaba en Europa. En Barcelona, específicamente. La verdad creo que muchos, incluyéndome, tratamos de cambiar de ambiente cuando cumplimos años: no ir al colegio o a la universidad, no ir a trabajar, viajar.

Cuando vivía en Montreal me fui a Toronto a cumplir 31, a Halifax a cumplir 32. Los 33 los cumplí re mamada post-Panam Games y me fui a la casa de Scarlet a beber whisky… los 34 los cumplí en la oficina. Triste fue cumplir los 30 mesereando en un matrimonio corroncho en Renaissance… al menos Katy estaba conmigo. Este viaje es una celebración especial de mis 35; es una reivindicación a esa cumplida de 30 años mientras servía comida por primera vez en mi vida. Nada malo con ser mesero, pero no es como te pintas cumplir los tan temidos 30.

El Día 1 de mi viaje fuimos a Montgat. Fue muy satisfactorio oler agua salada después de año y medio. Yo, bien blanca y desteñida, igual vengo del mar. Se tomaron unas buenas cervecitas.

Estrella “damn”

 

El Día 2 de mi viaje, mi cumpleaños, fue la visita al Museu Picasso de Barcelona. Me impresionó mucho ver la evolución del artista y más aún, su talento desde muy joven: esos retratos que datan de la última década del siglo XIX, cuando no tenía ni 20 años. Yo tengo 35 años y los únicos talentos que tengo son comer y dormir. La pintura “Primera Comunión” de 1896 es simplemente imponente, por su tamaño y detalle, y ni hablar de “Ciencia y Caridad”, de 1897. En la misma sala se pueden ver unos mini bosquejos de esta última obra, sus borradores.

Podría seguir hablando de las obras, pero no soy crítica de arte. Las que más me gustaron de la época antes de 1900 fueron “Hombre al estilo del Greco”, “Menú 4Gats” (que se la pidieron para el menú los dueños del sitio donde él parchaba) y los bosquejos/sketches en tinta sepia a pluma sobre papel. La parte del museo que guarda sus obras influencias por impresionistas y puntillistas es mágica. De mis favoritas, Blanquita Suárez, de 1917.

Salí llena de colores del museo y caminamos por el barrio gótico, almorzamos en Ca La Marcé, y yo iba feliz en esta ciudad donde a la cerveza de 200-250 mililitros se le llama caña, hay caña en cada esquina, y cada edificio parece una obra de arte.

 

Dándole a las cañas en Ca La Mercé

 

Me fue bien con el servicio al cliente: estaba vestida de H&M mientras entré a tiendas como Loewe, Carolina Herrera, Gucci, y me sentí divinamente atendida. Volveré.

En la noche, aunque esta que escribe quería dormir, Fernanda (mi hermanita vivía en Barcelona hasta el martes pasado) y su amiga Betty (ahora, una hermanita más, conocida en la familia como Laura Beatriz) me llevaron al bar de sus amores, George Payne, un pub rojo que me deleitó con todas las canciones de mi época, desde She de Greenday, pasando por Country House de Blur y The Bad Touch de The Bloodhound Gang.

El Día 3 se fue en alquilar carro e ir a Figueres a visitar la Casa Museo de Dalí (Castell Gala Dalí – Púbol). Estaba mamada luego de acostarme como a las dos de la mañana celebrando mi cumpleaños. La falta de sueño y el jet-lag me estaban pasando factura y mientras manejaba tenía que forzarme a hablar para mantenerme despierta. Llegué al museo y no se me olvidó el cansancio, pero lo hizo más aguantable. Es un sueño: cada pintura, escultura, sala. Para mí era mentira estar en el museo del artista cuyas obras yo ponía de fondo de pantalla del computador en esas épocas en que uno hablaba por ICQ y se conectaba por teléfono. Me fasciné con “Autorretrato blando con bacon frito”, por lo frita, y con “Violetas Imperiales”, por lo contundente de su mensaje y lo oscura… la mayoría de las cosas que yo conocía de Dalí están llenas de color.

En la tienda del museo quería comprar todo. Me arrepiento de no haber comprado los mugs de mujer y hombre: bigote de Dalí, boca de Gala. Hubieran sido mi primer aporte a mi casa cuando vuelva a vivir con un hombre.

 

Dalí y su bigote.

Dalí y su bigote.

 

De las anécdotas que quiero recordar de manejar en España es el trayecto con señales que te indican que vas camino a Francia… mis ancestros, tan lejos y tan cerca. También quiero recordar la pagada de peaje con tarjeta de crédito; fue muy interesante, sobre todo teniendo en cuenta que cuando llegamos a hacer la cola eran como ocho carriles y yo entré en pánico mayúsculo porque ni Fernanda ni yo teníamos cash, y solo veíamos las opciones de cash y un ícono de una tarjeta… nosotras, en nuestra ignorancia, pensábamos que se refería a una tarjeta exclusiva y ya nos imaginábamos echando reversa y los demás conductores mentándonos la madre. En las casetas no había agentes, pues todo era a punta de maquinitas, así que no había ni a quien pedirle auxilio. A unos cinco metros vemos un man de overol naranja y con las caras de susto le gritamos: “¿hey, esa tarjeta qué, especial o de crédito?”, “de crédito” le escuché gritar de vuelta, pero estoy casi segura que entre dientes debió terminar su respuesta con “idiotas”. No importa. Todo bien. Saqué mi tarjeta y pagué sabrosos 11 euros de peaje.

De las anécdotas que no quiero recordar es el menú más horrible que me comido en la vida: una carne que decían era de res pero para mí era de caballo. Tampoco quiero recordar que ese día dormí de 9 de la noche a 3 de la mañana: viajábamos a Ibiza a las 6 de la mañana.

Barcelona, la Cartagena de Europa, ciudad siempre viva, siempre concurrida, se encontraba un poco vacía y triste el fin de semana del 18 de agosto. Estaba de luto por el atentado en La Rambla. La Sagrada Familia estaba sin luces y la Fuente Mágica de Montjuïc estaba apagada.

Barcelona es una delicia.

He de regresar a Barcelona.

Foto casual. Porque me dijeron que ya no es cool posar.

Próxima entrega: Ibiza, la isla de las glorietas.

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