Etiquetado: trasnocho

Triunfos y fracasos I: vivir fuera del país – Quien lo vive es quien lo goza

Imagen

Cortesía: Pepe Caracas.

Salir del país para vivir en otro más desarrollado puede sonar como una gran aventura e, incluso, despertar envidias o algo de celos.

Sin embargo, bajarte del avión con dinero limitado, con dos idiomas oficiales distintos al tuyo, sola, llegando a unos cuantos días del invierno cuando en la vida has padecido temperaturas bajo 8 grados y mucho menos has visto que el sol se vaya antes de 6 y 30 de la tarde, puede no ser tan maravilloso como se piensa.

Esto es una visión personal de lo que he vivido desde que llegué a Canadá. En esta entrada pueden ver cómo empezó esta historia que con amor titulé Crónica de una cortada de cordón umbilical.

Cuando llegas, claro, todo es divino, espectacular, le tomas fotos hasta a las ardillas (que acá en Montreal son como los perros callejeros en Bogotá, por no decir que son unas ratas), te sientes libre porque estás respirando un nuevo aire que te permite pensar que estás comenzando una nueva vida.

Imagen

Anda, pero son divinas...

Empiezan a pasar los días y la verdad ese cuento de estudiar francés tiempo completo te cansa. ¡Es volver al colegio! Ni siquiera a la universidad. Es aburrido, es monótono y no ves la hora de que eso se acabe.

No sabes por dónde iniciar tu “nueva vida”. ¿Estudias? ¿Buscas trabajo? ¿Trabajas en cualquier lado, “cash”, en fábricas, para empezar a tener ingresos? ¿O esperas que te salga un trabajo en tu campo, así no sea el trabajo de tus sueños? Y mientras tanto, ¿qué? ¿Te comes el poco dinero que trajiste? La angustia es indescriptible,

No todo es malo. Vivir en Montreal es una gran experiencia; no es París ni Nueva York pero está más organizada que cualquier ciudad colombiana y, de verdad, te sientes mucho más seguro… y eso que me han robado dos veces. Además, habitar la provincia de Quebec, donde está ubicada Montreal, permite que recibas beneficios del gobierno… beneficios económicos. O sea, que si estudias tiempo completo y no has conseguido trabajo, te dan cierta cantidad de dinero que te permite “casi” vivir. Y digo “casi” en mi caso que estoy sola, porque si estás en pareja o tienes hijos, se recibe más plata por cabeza y, como ustedes bien saben, donde come uno, comen dos y así sigue la cosa.

Al llegar, tus conocidos te reciben con los brazos abiertos y quieren ayudarte en todo sentido. Sobre todo al principio pues, al pasar los días y los meses, ya se pierde la novedad; ellos siguen con sus rutinas y tu  empiezas la tuya.

Con todas las ganas de ayudarte, todos aquellos coterráneos que llegaron primero que tú te sueltan docenas de historias de cómo fueron las cosas para ellos. Pasan días, meses (dependiendo de tus habilidades sociales; las mías son limitadas) y tienes tu grupo de amigos; las historias continúan por parte de los latinos, de los europeos, de los canadienses en general y de los propios quebecos. Y llega el punto en que quieres meterte un tiro porque todos tienen experiencias distintas y todos quieren “arreglarte” la vida a punta de sus consejos. ¡Y tu no sabes qué hacer! ¡No sabes a quién escuchar!

Sin embargo a mí me ha tocado gente sensata y me han dado dos excelentes consejos:

Primero: paciencia. No falta el que viene con estrella y a los 6 meses tiene un gran trabajo en su campo en una compañía anglófona. Bien sabemos que otros nacen estrellados y sin la misma suerte. Más o menos te toma mínimo unos 3 años para tener el idioma, adaptarte y conseguir un trabajo acorde a tus aspiraciones… o, al menos, lograr uno parecido al que tenías en Colombia (si eres profesional).

Segundo: para establecerte como empleado necesitas, en la mayoría de los casos (recuerden la estrella y el estrellado), experiencia laboral en Canadá o estudios en este país. Y claro, siempre va a ser más fácil encontrar trabajo si ya cuentas con un diploma canadiense. No importa si eres profesional o no, o si quieres un diploma de un “cegep” (equivalente a los colleges gringos), un técnico, pregrado o postgrado, ¡lo que quieras! Pero canadiense. Ya había hablado de eso en una entrada anterior, Una clase en McGill.

Y en esa etapa estoy. Después de haber pasado por muchos niveles de estrés, frustración, histeria, depresión, manía, felicidad y muchas noches sin dormir, todas temporales, he decidido continuar con mis estudios superiores en Canadá. Y como esta entrada está demasiado larga, la otra semana escribiré mi espinado camino hacia una aplicación a un posgrado en este país…

Anuncios

Día 10 en Montreal

Estos han sido días de dos comidas diarias. Todavía no me establezco del todo, ni física ni emocionalmente. Eso lleva a que el insomnio se apodere de mí y Morfeo se niegue a pasar por mi cuarto.

Me levanto entre 8 y 9 a arreglar el cuarto o a hacer vueltas y termino desayunando como a las 11 de la mañana. Luego, sigo haciendo cosas (o no haciendo nada, perdiendo el tiempo en Internet) y se me olvida comer. Cuando es hora de almuerzo son más de las 4 de la tarde. Claro, también tengo que aceptar que la plata no es lo que más abunda y, si no he hecho mercado, me toca estar comiendo en la calle.

Hoy extraño mis tres comidas diarias. Extraño cuando mi mamá me levantaba o yo me despertaba y ya estaba el desayuno listo que, casi siempre, consistía en arepa, con queso costeño rayado (y algunas veces huevo), café con leche y jugo de zanahoria con limón (porque el betacaroteno es bueno para broncearme y no podía llegar a Canadá toda amarillenta). A eso de la 1 estaba mi almuerzo calientito, bien “casero”, con pollo guisado, o carne en posta, o quizás un pescado frito con patacones, siempre acompañados de un arroz sazonado con ajicito verde dulce (que no se consigue en Bogotá y yo me lo llevaba desde Cartagena en mi cartera) y ensaladas deliciosas. La cena era más simple: salchichas, pan árabe, queso crema, café con leche de nuevo; algunos días me antojaba de pan artellano con aceite de oliva y balsámico.

Me iré a dormir… almorcé a las 5 y escribir de comida me dio filo.